Lo que nunca le perdoné es que pudiera vivir sin mi.
Que a veces parecía que le iba la vida en besarme,
pero sabiendo siempre que eso no era así.
Que podía vivir sin mi.
Perfectamente, además.
Que me mirara en ocasiones con ese aire de autosuficiencia.
De "te estoy haciendo un favor"
Que incluso a veces, prefiriera entregar un temblor al aire
a recorrer mi cuerpo.
Que encima, siempre terminara por convencerme,
por hacerme creer que era única entre sus brazos.
Para volver a la fría soledad
de donde sólo salía
cuando ya erle resultaba completamente imposible soportarse.
Allá donde estés...¡Felicidades!
N
Me gusta pensar en él.
Pensar que habrá entrado en el bar de siempre,
con aire despistado,
y con una rápida ojeada se habrá dado cuanta de que no estoy.
Habrá confiado en que en el próximo bar estaré seguro.
Así que se habrá terminado la cerveza
con tranquilidad y una sonrisa.
Paciente y confiado.
Pero en el próximo bar
tampoco estoy.
Y empieza a imapacientarse.
Porque no estoy.
Y porque contaba con verme.
Y porque
"joder, qué putada. Si solo era verla.
Hablar un rato con ella, que apenas la conozco.
Preguntarle tonterías,
que dónde trabaja
que qué música le gusta,
yo qué sé.
Oír su risa una vez más".
Pero no. No está.
Me voy a casa.
Total, no está...
Ni me apetece tenerte delante
ni escribirte por despecho.
Ni soñar contigo por la noche,
ni gestionar las náuseas en mi cuerpo.
Sólo quiero mantener la mirada
del chico del fulard que me sonríe
desde el fondo de la barra.
Y olvidarme de ti.
Que tu recuerdo se disuelva
como un azucarillo en el café.
Que se vuelva etéreo,
como la imagen de mi cuerpo
evaporándose hace tiempo
sobre tu cabeza.
Quizá no seas consciente del daño que hace
todo lo que sale por tu boca.
Y hablo de besos,
sonrisas
o palabras escupidas a la cara
con la impunidad que te caracteriza.
La inconsciencia del poder que entrañaba tu mirada,
los quiebros que hacen de repente tus manos,
guiadas por el pánico
ante la claridad de mis palabras,
en, sin ir más lejos,
poemas pasados.
Cómo es posible que cuatro líneas
escritas entre humo
echen por tierra todo lo que no quieres ver.
Y lo disfraces de miedos absurdos.
Y hacen que te quedes solo,
vacío,
sin brillo,
y con pánico a que lo perciba.
Era un invierno atípico.
No sólo por el sol radiante en las tardes de febrero.
También algo había cambiado en él.
No sé. Su mirada.
Su mirada ya no era un vistazo huidizo al levantarse de la cama.
Ahora podía incluso mantenerla.
Y la miraba con una ternura infinita.
Muchas veces.
A cualquier hora.
También la culpa.
Ya no parecía acecharle a cada paso.
Podía besarla con total impunidad
sabiendo que esa noche dormiría entre sus brazos.
Sin pensar que la culpa le atenazaría el pecho y le impediría dormir.
Y ella lo notaba en la palma de sus manos.
Se abrían milagrosamente recorriendo su cuerpo cada noche.
No había condiciones.
Podía recorrerla, y abrazarla en su pecho sin miedo a nada.
Quizá fueron sus ojeras.
Las de ella.
Iba cumpliendo años y eso la acercaba milagrosamente a él.
Eso o el miedo a perderla.
El pánico que sintió al ver los buitres planeando sobre sus cabezas
en una fría tarde de noviembre.
"Dejame una copia
de la llave de tu puerta
porque sé que es muy posible
que mañana me arrepienta.
Hoy me dio por ser honesto,
aunque sé que no me pega"...
No escucho tu voz
susurrándome al oido
ni tus uñas desgarran
ya la curva de mi espalda.
Retrocedes con miedo
ante cada uno de mis pasos
bailando los dos entre sombras
este extraño tango,
y vuelvo a ser
la flaca figura que camina cabizbaja,
la de los rizos y ojeras,
la de las piernas largas,
la musa de los camareros,
la que cierra los bares,
la que se ríe sin más,
y fuma más que nadie,
la que sortea las flechas
que lanzan en la calle,
la que llega a casa
vencida, vacía,
y espera entre lágrimas
que al menos, la mañana la rescate.
Notas que ando dispersa,
que tal vez no soy la que era,
que no corro ante tus llamadas o exigencias,
que se abren horizontes ante mí...
Pero también debes saber
la pereza que me da este invierno sin ti;
que me miras con ojos cansados,
buscando una explicación,
y una oleada de ternura me recorre;
que en tardes como ésta,
echo de menos el simple gesto con que a veces
me retiras un mechón de pelo de la cara,
o juegas con los dedos de mis pies.
Que estos días sin ti,
son como una habitación sin ventanas.
Que esta tarde,
te echo de menos como hacía tiempo.
Me he dado cuenta de que cuando siento placer encojo los dedos de los pies.
Ya puede ser en la cama, al oir una buena canción en un bar, o al tomar un café entre risas.
Cuando me doy cuenta vuelvo a soltarlos
Ayer se me encogieron un montón de veces.
Una ciudad diferente.
De compañía, un café entre mis manos, códigos extraños que descifrar y mi añorada soledad.
Pienso en tu día a día, pero sin mi.
Imagino sonriendo esa cuadrícula en la que a veces tengo cabida entre lineas.
Paso de puntillas por la necesidad de refugiarme entre tus brazos.
La miro desde lejos y me soprende controlarla.
Algo ha cambiado.
No pienso en volar hacia tus labios.
Pienso en cómo deshacerme de ellos.
Tenía ganas de abrazarla.
No sé. Sentir la leve presión de su pecho sobre el mío.
Notar la forma de sus costillas
Y el hueso de su cadera acoplado por unos momentos al mío.
Después,
me separaría con cualquier excusa.
Hablaría de cine o de literatura.
Cualquier tema con tal de disimular mi "alegría".
Que no se diera cuenta de que la necesito.
Observo el incisivo
que asoma en tu sonrisa.
esa sonrisa desigual, despreocupada
que rozaría ahora mismocon mi lengua
y muestras con los demás.
Conmigo no.
Si en algún momento te acercas,
un velo de indiferencia
te acecha los ojos.
Con cada mirada,
intentas tachar
cada una de las palabras
escritas y dichas entre risas
de un tiempo atrás.
Cuando aún éramos "jóvenes e inconscientes"....
Cierro los ojos.
Intento viajar a ese lugar oscuro de mi conciencia
en el que otras veces me sumerjo de forma espontánea y deliciosa.
Casi no lo recuerdo.
Mi oscuridad se viste de notas, folios, letras, números...
Intento moverme entre vueltas sudorosas, maldiciendo
mi extraña sensibilidad,
echando de menos las noches, ya lejanas,
en las que llegaba el sueño como un baño entre aguas turquesas,
hace ya muchos años....
Entro en tu casa, a oscuras.
No sé bien si es un sueño
o una pesadilla.
Me recibe tu olor
esparcido por todas las cosas,
como el humo de un cigarro,
flotando en el aire.
Es como un reloj abandonado
en el cajón de la mesilla,
que al abrirlo,
su tic tac, persistente y ambiguo,
te recuerda el tiempo perdido,
las horas pasadas en esa habitación.
Todas las risas, todas las lágrimas,
se acumulan de golpe en mi garganta.
Siento como si hubieras muerto,
y yo debiera recoger tu correspondencia...
No tuve otra salida
que aceptar tu decisión,
pero ahora mírame y dime:
que no echas de menos
que una carcajada mía
te saque de tu cuadrícula.
Que no te fijas en cómo mis clavículas
parecen luchar por salir de mi cuerpo,
que no te das cuenta
de cómo tus patillas
se van poblando de canas,
que miras mis ojos hundidos
entre ojeras amoratadas,
que los preservativos se acartonan
en al cajón de tu mesilla,
que para no echarme de menos
cruzas una almohada en tu cama,
que ni una imagen mía,
te acecha entre tus sábanas,
que no sabemos qué hacer con las manos
cuando estamos cara a cara...
y que encima nos miramos,
como si no pasara nada.
A veces pienso que quererte
fue pasear entre las vías.
Cualquier movimiento
podía acabar con mi vida
Notaba cómo pasaban los trenes
sin tocarme, y yo permanecía inmovil,
concentrada.
Cualquier gesto
podía delatarme
y hacerme morir.
Y lo hice.
Y morí.
De tanto amarte y tanto no quererte
te has cansado de mí y de mis locuras
y le has prendido fuego a nuestra historia.
Tu ropa no perfuma ya la casa.
No queda una palabra de cariño
suspendida en el aire, ni una hebra
de azabache en la almohada. Sólo flores
secas entre las páginas del libro
de nuestro amor, y cálices de angustia,
y un delirio de sombras en la calle.
Luis Alberto de Cuenca
A veces, recuerdo que hubo un tiempo
en el que vivía más allá de estas cuatro paredes.
Que volaba la ciudad y tú me estabas esperando.
Que si no llegaba, te ponías nervioso, a tu manera.
Que muchos días, me despertabas besándome la nuca.
Que podías dormir entre mis brazos.
Qué tal vez adoraras mi pelo sobre tu almohada...
A veces, recuerdo todo esto al despertarme.
Y maldigo la amnesia que te acecha.
Si después de la tormenta
piensas que han caído cuatro gotas,
si no te sirve mi piel sincera,
si no te basta solo con mis besos,
si no te valen
los besos entre versos,
los versos entre polvos,
los polvos entre besos,
las manos enlazadas...
Si lo cafés entre risas
no te gustaban,
si abrazarme entre lágrimas
no fue suficiente
si hubo más vinagre que rosas…
Entonces…
quizá tu cuerpo
esconde sólo hueco
Vacio, silencio, egoísmo, cinismo,
Eco…y más eco.
Siempre alguna mujer me llevó de la nariz
(para no hacer mención de otros apéndices).
Anillado
como un mono doméstico,
salté de cama en cama.
¡Cuánta zalema alegre,
qué equilibrios tan altos y difíciles,
qué acrobacias tan ágiles,
qué risa!
Aunque era un espectáculo hilarante,
hubo quien se dolió de mis piruetas,
lo cual no es nada extraño:
en semejante trance
yo mismo
me rompí el alma en más de una ocasión.
Es una pena que esos golpes
que, entregados al júbilo del vuelo,
entonces casi no sentimos,
algunas tardes ahora,
en el otoño,
cuando amenaza lluvia
y viene el frío,
nos vuelvan a doler tanto en el alma;
renovado dolor que no permite
reconciliar el sueño interrumpido.
En esas condiciones no hay alivio posible:
ni el bálsamo falaz de la nostalgia,
ni el más firme consuelo del olvido.
Ángel González.
Desando el camino recorrido hace un año.
La carretera traza curvas donde hay rectas
No siento el cuerpo suave, ni leve, ni divertido.
Estiro con los dedos las arrugas creadas.
Las de la risa. Las del dolor.
Las estiro y vuelven donde estaban.
Curo como puedo las yemas de sus dedos marcadas a fuego en mi piel.
Cicatrices en mi memoria.
No expando rayos. Repliego velas.
Descuento días.
Dos persona se encuentran en un bar, una de ellas, yo.
-Hombre, que tal? Cuanto tiempo...
- Hostia, no te había conocido. Como siempre te he visto en bikini...
Y apostilla la hermana: "Este se piensa que estamos en el plató de telecinco y eres una MAMA-CHICHO..."
¡La primavera con sus soles y sus flores!