allí mi corazón. aquí el olvido

LA PERLA DEL PIRINEO

Era una ciudad extraña. Preciosa, pero extraña.

Sus calles adoquinadas hacían apetecible tomar una copa de vino sola o en compañía en cualquiera de sus terrazas a pesar de ese maldito frío que se calaba hasta los huesos.

Esas mismas calles daban paso a monumentos que hablaban de siglos de historia, de miles de manos toscas pero firmes dando forma a la piedra que treparía a lo largo de los años y los acontecimientos.

El tintineo de platos y tenedores daba un poco de humildad a la majestuosidad de sus fachadas. Dentro de tanta casa señorial, tanto pijo  y tanta tontería con el esquí, todavía podía respirarse ese aire de pueblo, de ruido de pucheros y de vecinas hablando de una ventana a otra entre gritos y sábanas tendidas.

Era la misma ciudad que se quedaba desierta los domingos.

La de sus horas de soledad por las calles.

Pero la misma que le hacía cortar la respiración con la sola idea de alejarse para siempre. 


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